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¿Dónde encontrar el tiempo para leer?
¿A qué parte de mi distribución del tiempo
debo quitar ese momento de lectura diaria? ¿A los amigos?
¿A la tele? ¿A los desplazamientos? ¿A las
veladas familiares? ¿A los deberes?
Problema serio.
Que no lo es.
Desde el momento en que se plantee el problema del tiempo para
leer, es que falta el deseo. Pues visto con detenimiento, nadie
tiene jamás tiempo para leer. Ni los pequeños, ni
los adolescentes, ni los mayores. La vida es un obstáculo
permanente para la lectura.
— ¿Leer? Me gustaría mucho, pero el trabajo,
los hijos, la casa, ya no tengo tiempo…
— ¡Cómo envidio que usted tenga tiempo para
leer!
¿Y por qué una mujer, que trabaja, hace compras,
cría a sus hijos, conduce su auto, ama a tres hombres, va
al dentista, se muda la semana próxima, encuentra tiempo
para leer y aquel casto rentista soltero, no?
El tiempo para leer es siempre tiempo robado. (De la misma manera
que lo es el tiempo de escribir o el tiempo de amar).
¿Robado a qué? Digamos que al deber de vivir.
El tiempo de leer, como el tiempo de amar, expande el tiempo de
vivir.
Si tuviésemos que enfrentar el amor desde el punto de vista
de nuestra agenda, ¿quién se arriesgaría a
ello? ¿Quién tiene alguna vez a un enamorado que no
se tome el tiempo de amar?
Yo nunca he tenido tiempo para leer, pero nada, jamás, ha
podido impedirme terminar una novela que amara.
La lectura no tiene que ver con la organización social del
tiempo; es una manera de ser, como el amor.
El problema no está en saber si tengo tiempo de leer o no
(tiempo que además, nadie, nunca me dará), sino en
si me regalo o no la dicha de ser lector.
Pennac, Daniel. Como una novela
III. Dar de Leer, Anagrama, México, 2001, pp.
120-121 (Colección Argumentos, 49).
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