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La transformación de la sociedad mexicana hacia una sociedad
más abierta, plural, solidaria y democrática se basa
en la clara idea de la necesidad de una mayor participación
de sus miembros; una participación que, se espera y se exige,
sea cada vez más informada.
Por lo anterior, tenemos la certeza de que es imposible referirnos
a los procesos de ciudadanización sin referirnos también
al óptimo desarrollo de las competencias comunicativas —hablar,
escuchar, escribir y leer—, a través de las cuales
la ciudadanía expresa y construye sus necesidades, problemas
y propuestas de solución.
Hoy como ayer, sabemos que las sociedades que alcanzan niveles
más altos de bienestar son aquellas en las que su población
está incorporada a la cultura escrita, y hace de ésta
un mecanismo y un vehículo indispensables para lograr un
diálogo social tolerante y respetuoso.
De ahí que el Programa Nacional de Educación 2001-2006
se plantee como prioritarios los esfuerzos dirigidos a los procesos
de adquisición, desarrollo y fortalecimiento de las competencias
comunicativas, enfatizando (al enfatizar la comunicación
escrita) los hábitos y capacidades lectoras. Y que, al mismo
tiempo, oriente y convoque a los sectores público y privado
a confluir en dichos esfuerzos.
Entonces, es necesario plantear y proponer estrategias y acciones
novedosas que —reconociendo la importancia de la cultura escrita
— generen espacios y ambientes dirigidos a la promoción
de la lectura y la formación de lectores. Espacios y ambientes
que, desde nuestra perspectiva, no habrán de limitarse a
lo escolar sino extender sus beneficios a todos los ámbitos
de la vida cotidiana de los actores y sujetos de la educación
(alumnos, maestros y padres).
Entre estas estrategias, destaca como elemento fundamental —por
su indispensabilidad y potencial— la construcción de
acervos de calidad; es decir, acervos cuya diversificación
de contenidos y multiplicidad y pluralidad de temáticas atienda
a las distintas áreas de conocimiento, disciplinarias y de
interés social. Acervos que, por otra parte se entretejan
de tal manera que sean útiles para propiciar el desarrollo
de redes de lectores capaces de intercambiar sus búsquedas
y experiencias, y cuya constitución nos muestre la incorporación
del uso, producción y difusión cotidianos de los materiales
escritos.
Hoy pues, nos es indispensable crear, animar y participar en espacios
tanto públicos como privados que realicen esfuerzos concretos
y organizados para la formación —a corto y largo plazo
de lectores— y la promoción de la lectura y la escritura.
Ya que a tales esfuerzos subyace la respuesta a la pregunta que
nos hiciéramos al inicio: ¿para qué leer? Leer,
nos respondemos, para escribir, para —al leernos— vivir
mejor y más informados, con más altos niveles de bienestar
y posibilidades de elección, y con lazos sociales más
sólidos y democráticos y posibilidades de encuentro
que superen, incluso, nuestras fantasías.
Valentina Cantón Arjona
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