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Uno se acerca al libro como al amante: haciendo
círculos. Seducimos y nos dejamos seducir por el objeto de
nuestra fantasía. Tocar, oler, hincar el ojo, imaginar atentos
y despiertos; llorar lágrimas amargas, como Bastián
Baltasar Bux en La historia interminable, porque un relato maravilloso
acaba; leer como una necesidad de estar en otra parte. Todo esto
es para mí la lectura, y sin embargo, qué difícil
es transmitir el placer, la compañía invaluable, el
viaje, la sorpresa que me aportan los libros. José Emilio
Pacheco nos dice: “Leer con la naturalidad con que respiramos
y hablamos. Leer como una parte indispensable de la vida, como un
medio para vivirla de la mejor manera posible”. ¿Por
qué sólo algunos nos sentimos convocados? ¿Por
qué la lectura gratuita y voluntaria sigue siendo privilegio
de unos cuantos?
Crecer en un ambiente donde los libros son parte
del entorno, nos lleva a abordarlos con naturalidad y afecto. Su
cercanía puede ser decisiva. Para Borges, la biblioteca de
su padre, a la que tuvo acceso desde niño, fue el inicio
de una vocación indeclinable: “Si se me pidiera designar
el hecho principal de mi vida, diría que fue la biblioteca
de mi padre”. (Emir Rodríguez Monegal, Borges, una
biografía literaria, FCE). Borges buscaba en aquella biblioteca
de “ilimitados libros ingleses” el objeto de su propio
placer. Un placer que negamos a nuestros hijos al entender la lectura
como una actividad obligatoria y tediosa, como una asignatura que
no trasciende el ámbito escolar.
¿Quiénes leen? ¿Por qué
leen? ¿Qué leer? ¿Cómo leer? “No
hay receta posible - dice Gabriel Zaid en su libro Leer poesía.
Cada lector es un mundo, cada lectura diferente. Nuevas aguas corren
tras las aguas, dijo Heráclito; nadie se embarca dos veces
en el mismo río. Pero leer es otra forma de embarcarse: lo
que pasa y corre es nuestra vida, sobre un texto inmóvil.
El pasajero que desembarca es otro: ya no vuelve a leer con los
mismos ojos”.
Zaid remite al lector habitual a una experiencia
conocida; pero, ¿qué sucede con los miles de lectores
potenciales que aún no descubren al libro como un objeto
amoroso, producto de un acto de amor que se transforma en nuestras
manos y nos transforma? ¿Cómo construir el puente
entre unos y otros? No hace mucho, en una conversación con
el escritor y editor Sealtiel Alatriste, él me comentaba
que tuvo la suerte de vivir la lectura como una actividad cotidiana;
fue un lector precoz y piensa, tal vez con demasiada rigidez, que
aquellos que no fuimos lectores tempranos (antes de los doce años)
estamos perdidos para la lectura. Si damos total crédito
a las palabras de Alatriste, mi experiencia personal es la excepción:
el libro fue para mí un amante tardío; el encuentro,
producto de un error afortunado. En casa de mis padres sí
había libros. Yo jugaba a rayarlos y a venderlos, pero no
los leía. Y entré en la adolescencia, aburrida de
Platero y yo, y de otras lecturas impuestas, tan impuestas que ya
no las recuerdo. Parece mentira que el peso de la imposición
me hiciera aborrecer a Juan Ramón Jiménez.
Llegué a casa de mi abuela donde tío
Guillermo tenía una colección de revistas de tapas
amarillas y brillantes, con títulos que han sido, estos sí,
inolvidables: El ciego y el murciélago, El doble del millonario,
Muerto en las nubes. Me apasioné con la lectura de aquellas
novelas policíacas y un día me encontré con
que había devorado la colección completa. No más
revistas, no más casos por resolver, no más tardes
robadas al estudio y las tareas. Estaba desolada. Pasé al
segundo librero, cuya especialidad eran los libros “serios”.
Un título llamó mi atención por su cercanía
con mis lecturas revisteriles. Doscientas ochenta y cuatro páginas
de letra apretadita. Un desafío, pues nunca había
leído tantas páginas juntas. Sin embargo, le encontré
una ventaja: “si esta novela policíaca me gusta, ya
tengo lectura para rato”, me dije, mientras expropiaba el
ejemplar.
No está de más aclarar que, en la
escuela de monjas francesas donde estudiaba, ni por error habían
mencionado Crimen y castigo, de Fedor Dostoievski.
A los 16 años, los enamoramientos suelen
ser rotundos e indeleble la impresión que dejan. El estudiante
Raskólnikov y Aliona Ivánova se convirtieron en personajes
de pesadilla. Era tal la emoción que me provocaba la novela,
que sufría de taquicardia. En algunos pasajes me sudaban
las manos; en otros, no me quedaba más remedio que cerrar
el libro y descansar. Lo palpaba mientras me reponía. Así
descubrí al libro como un objeto amoroso y sensual; me relacioné
con él a través del tacto y del olfato.
En ese momento, sin orden ni concierto, inicié
un proceso que no termina nunca: mi formación como lectora
voraz y agradecida, y nació en mí la necesidad de
compartir esta experiencia, de transmitir lo que siento cuando me
acerco a un libro: haciendo círculos, demorando el encuentro,
con una suerte de placer anticipado.
Angélica
de Icaza
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